El caballero oscuro

miércoles, 29 de julio de 2009


Porque a veces la verdad no es suficiente. A veces la gente se merece algo más. A veces la gente se merece una recompensa por tener fe.

Christopher Nolan, 2008

Guerra y paz

martes, 21 de julio de 2009



En Mozhaisk y más allá no se veían más que soldados por todas partes, a pie o montados: cosacos, infantería, carros, armones piezas artilleras. Pierre tenía prisa en avanzar, y cuanto más se alejaba de Moscú y más se sumergía en aquel mar de tropas, más crecía su inquietud, su impaciencia y una sensación nueva, jubilosa, no experimentada antes. Era un sentimiento parecido al que había experimentado en el palacio de Slobodski el día de la llegada del Emperador: el sentimiento de que era preciso emprender algo y sacrificar algo. Le resultaba agradable ahora comprender que todo cuanto hace la felicidad humana, las comodidades de la vida, las riquezas y la vida misma no era nada en comparación con… ese algo. Pierre no podía darse cabal cuenta. No trataba de buscar explicación por quién y para qué se sentía tan inclinado a sacrificarlo todo. No le preocupaba el móvil del sacrificio, sino el sacrificio en sí era el que despertaba aquel sentimiento jubiloso y nuevo.

Liev Tolstói

"Mientras el peregrino mundo sigue girando"

sábado, 11 de julio de 2009

No es difícil dominar el arte de perder;
tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
que su pérdida no es ningún desastre.

Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.

Después practicar perder más lejos y más rápido:
los lugares, y los nombrews, y dónde pretendías
viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.

He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
-quizás por la penúltima- de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.

He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunso reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.

Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.

Elizabeth Bishop, Un arte



“Hay una frase del Diario de un aviador, de Auden, que me ha parecido siempre muy profunda (…): “La Geografía es miles de veces más importante para el hombre moderno que la Historia”. Yo lo he sentido siempre exactamente así y estoy geográficamente en todo momento en el mapa”.


“toda mi vida he vivido y me he comportado como el pájaro –recorriendo las fronteras entre países y continentes siempre buscando algo” (The Sandpiper)

Don't kill him. Let him live.

lunes, 6 de julio de 2009






The Fall (Tarsem Singh, 2006)

domingo, 5 de julio de 2009

el hombre del martillo

miércoles, 1 de julio de 2009


Fíjense ustedes en esta vida: el descaro y la ociosidad de los fuertes, la ignorancia y la bestialidad de los débiles; y por todas partes una pobreza insoportable, apreturas, degeneración, embriaguez, hipocresía, mentiras... Entretanto en todas las casas y calles reinan el silencio y la calma; de los cincuenta mil habitantes de una ciudad, no hay uno solo que grite, que se indigne en voz alta. Vemos a los que van al mercado, comen de día, duermen de noche, a los que dicen naderías, se casan, envejecen, llevan tranquilamente a sus muertos al cementerio; pero no vemos ni oímos a los que sufren y lo más terrible de la vida sucede entre bastidores. Todo está en calma y en silencio, sólo protesta la muda estadística: tantos locos, tantos cubos de vodka bebidos, tantos niños muertos de hambre... Probablemente ese orden es necesario; probablemente las personas felices se sienten bien sólo porque los desdichados llevan su carga en silencio; sin ese silencio, la felicidad sería imposible. Es una hipótesis colectiva. Detrás de la puerta de toda persona satisfecha y feliz debería haber alguien con un martillo que le recordara en todo momento con sus golpes que hay personas desdichadas, que, por muy feliz que uno sea, la vida le enseñará sus garras más tarde o más temprano, que le sobrevendrá alguna desgracia -enfermedad, pobreza, pérdida- y que nadie lo verá ni lo oirá, de la misma manera que él ahora no ve ni oye a los otros. Pero el hombre del martillo no existe, el individuo feliz vive libre de cuidados, las menudas preocupaciones de la vida le agitan tan poco como el viendo los álamos, y todo va a las mil maravillas.


Antón P. Chéjov, Las grosellas (1898)