Leyendo la Biblia nos enteramos de que hay escritos dos versiones acerca de la creación del hombre. En el capítulo I del Génesis se dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó”, mientras que en el capítulo II se lee que luego de crear a Adán y convencido de que no era bueno que el varón estuviese solo, Dios creó a los animales y luego, haciendo caer a Adán en un sueño profundo, “de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre”… Según esta interpretación Dios tiene forma de hombre mientras que si nos atenemos a la lectura del primer capítulo la imagen del Creador es la de un ser andrógino y sólo después de haber creado un ser a imagen y semejanza los separó en varón y hombre.
Esta idea de un andrógino fue considerada por Platón, quien en el Banquete escribió: “Existió una raza primordial, pues, cuya especie está ahora extinguida, formada por seres que llevaban en sí ambos principios: el masculino y el femenino”. Los miembros de esta raza eran extraordinarios por su fuerza y atrevimiento, a tal punto que desafiaban a los dioses quienes terminaron aniquilándolos. La tradición judía retoma el pasaje y estable que posteriormente fueron divididos.
De esta idea derivó la concepción del hombre y la mujer buscando sus mitades correspondientes con el fin de conformar un todo, un ser pleno. Una concepción que da sustento y base a la monogamia y al estado de pareja heterosexual como ideal humano.
Isaac Stein (2009): Malditos, malvados e infames en la Biblia. Buenos Aires: Editorial Biblos, pp. 24-25.
Hedwig and the Angry Inch (John Cameron Mitchell, 2001)

